domingo, 05 septiembre 2010


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El Camino en La Rioja PDF Print E-mail

    Logroño-Ventosa

    Desde el altozano navarro dominado por Viana y a media legua se alcanzan las agujas de las iglesias logroñesas. Cruzando el Ebro, la ruta jacobea entra en tierras del reino castellano, aunque durante mucho tiempo este territorio fue enseñoreado por los monarcas navarros. El dominio de éstos se inicia con la ocupación de Viguera por Sancho Garcés en el año 921, y la de Nájera por Ordoño en el 923. Pasó definitivamente a poder castellano con la conquista de Alfonso VI en 1076. En tiempos de Aymeric todavía existía el recuerdo de este señorío navarro hasta más allá de Nájera, tal como parce desprenderse de sus palabras: "Después de la tierra de éstos -los navarros-, una vez pasados los Montes de Oca, hacia Burgos, sigue la tierra de los españoles, a saber: Castilla y Campos". El carácter fronterizo del Ebro se aprecia en todas las guías e itinerarios de los peregrinos; los avisos de cambio de moneda al cruzar el puente son muy elocuentes: «acábanse los coronados -moneda navarra- y tienes que aprender a conocer los maravedís» .
     
    Nada se conserva del Puente sobre el Ebro que se remontaba a los tiempos de la romanidad. Sabemos que por iniciativa de san Juan de Ortega, discípulo del riojano Domingo de la Calzada, la vieja obra de la ingenieria romana fue restaurada para facilitar el paso de peregrinos y viajeros, en general. Una descripción del siglo XVII nos suministra una visión aproximada:
...tenía de largo 716 pies de vara, 12 arcos reales, 46 pies de hueco y 18 pies de anchura; hay sobre él tres torres en puestos proporcionados que han servido diversas veces a todo el reino de gloriosa defensa y es blasón de la ciudad.

    Cuando, en 1775, se produjo una gran riada, el puente, bajo la protección de su constructor Juan de Ortega, permaneció indemne, por lo que la ciudad decidió instituir al santo un voto perpetuo. En la actualidad, en el mismo sitio se levanta un puente de piedra construido en el siglo XIX.

    Como tantas otras ciudades hispanas remonta su origen a una romanidad de oscura interpretación. Su existencia parece más clara bajo el dominio musulmán, aunque su historia documentada sólo corresponde a finales del siglo XI, al iniciarse la repoblación de un pequeño lugar habitado junto al puente del Ebro. Será, en el año 1095, cuando Alfonso VI conceda los fueros que permitan un rápido desarrollo urbano.

    Del viejo planteamiento urbanístico del Logroño medieval poco es lo que resta, sin embargo es suficiente para permitirnos tener una idea de cómo era la urbe que contemplaban los peregrinos. Para el clérigo Laffi, el Logroño del siglo XVII, que él contempló, le dejó un recuerdo agradable: 
Es una ciudad bastante grande, muy bella, rica y cómoda y abundante de todo, situada en llano. Un gran río pasa junto a sus muros por el lado septentríonal, dirígiéndose al Este. Después de visitar varios conventos de frailes y monjas, bellísimos, llegamos a una gran puerta que permite salir de la ciudad. 

    Al igual que toda ciudad «caminera», su recinto murado se extendía longitudinalmente, teniendo uno de sus flancos protegido por la muralla que corría a lo largo de la orilla del río. Entre las casas, surgen fragmentos residuales de los muros de los siglos XII y XIII. Donde la muralla todavía conserva su aspecto más monumental es en la Torre del Revellín; aquí tuvo lugar la más famosa gesta bélica de Logroño: la resistencia frente al sitio de los franceses, en 1521. En este lugar, la ruta callejera adopta una forma acodada para salir de la urbe; el capricho de las construcciones modernas ha querido que las viejas soluciones del urbanismo militar persistan, aunque sea de una forma espontánea. 

    Nada más cruzar el puente, el peregrino entraba en Logroño. El Camino se convertía en rúa que recorría de Sur a Norte la ciudad, en la que más de diez iglesias centraban en su entorno los diez barrios o quiñones. Varios de estos templos mantenían un hospital o una hospedería; sin embargo, el principal el Hospital de San Juan.  

    Hacia la mitad de la rúa, habiendo dejado a la izquerda la Iglesia de Santa María del Palacio, se encontraban con la Iglesia de Santiago, parada obligatoria   donde descansar, rezar al Apóstol y saciar la sed en la Fuente de los Peregrinos. Allí cerca, en la misma Rúa Vieja, había una casa que recordaba a San Gregorío Ostiense y a dos de los santos promotores de la ruta jacobea, Domingo de la Calzada y Juan de Ortega. En el siglo XVII se edificó en su lugar la Capilla de San Gregorio, modesto oratorio una nave, con sencilla portada semicircular de dos arquivoltas. Demolida esta capilla en 1971, tan solo podemos recordar la leyenda que figuraba en su porada: 
Ésta es la dichosa casa en que bibió San Gregorio y murió en ella e año de 1044 allándose a su mu[uerte] / Santo Domingo de la Calçada y San Yuan de Ortega sus dizípulos. Y a onra y gloria su[ya] / hizo azer esta capilla don Alonso Bustamante y Torreblanca rregidor perpetvo / de esta ciudad quyas son las casas. Y se acabó año de 164[2].

    Es evidente que los datos documentales de este epígrafe responden más al pío deseo de la devoción popular por estos tres santos, que a la realidad de historia. En 1044 todavía no existía san Juan de Ortega.

    Después seguía la ruta deambulando por calles como Mercaderes, Herrerías, Mayor, cuyos nombres  hablan por sí solos de la actividad comercial y artesanal que en ellas podían encontrar. Hacia el Norte, se salía de la ciudad por la que se conoce como ( Puerta de Carlos V, junto al Revellín. 

    La dependencia que Logroño tiene con el Camino jacobeo parece justificar que la Iglesia de Santiago fuera el templo medieval más importante o, por lo menos, el de mayor protagonismo popular entre los habitantes de la ciudad. En este sentido, resulta muy significativo que en ella se guardase el archivo municipal y el del cabildo. De época medieval se conserva la imagen del patrono como peregríno, bonita talla de tamaño natural, creación gótica del siglo XIV. El edificio es ya una construcción del XVI, comenzada en 1513; sus abovedamientos fueron terminados por Pedro Urruzumo alrededor de 1560, iniciándose entonces las obras de la torre por Martín de Landerráin. La unidad de este elegante edificio, de estilo Reyes Católicos, se rompe con la gran portada barroca de su fachada merídional, obra del flamenco Juan de Raón hacia 1660. Al mismo autor corresponde el efectista conjunto en yeso representando a Santiago Matamoros que corona la portada, aunque el marco arquitectónico de la hornacina se realiza ya en la centuría siguiente. En el interíor, el retablo mayor, labrado en el siglo XVII, conserva la antigua imagen medieval del patrono.

    La Fuente de los Peregrinos o de Santiago, recientemente restaurada, muestra sobre sus paramentos las huellas reparadoras de su prolongada subsistencia. Sus vestigios más antiguos son dos escudos y una inscripción en muy mal estado de conservación, del siglo XVI, reaprovechados por Juan de Raón en 1675 para incorporarlos a una composición en forma de gran arco encuadrado por pilastras y frontón triangular. 

    Las reformas renacentistas cambiaron el antiguo nombre de Puerta del Camino por Puerta de Carlos V. Junto al rehecho Torreón del Revellín, la vieja puerta medieval se engalanó, hacia 1520, con una entrada de arco carpanel de grandes dovelas, sobre la que campean tres escudos; el central emblematiza las armas imperiales.  

    Los restos de arquitectura medieval en esta ciudad son muy limitados.
La Iglesia de San Bartolomé es un edificio de tres ábsides románicos, cuyas naves se terminaron ya en gótico.

    Santa María del Palacio así llamada por levantarse sobre una vieja iglesia románica que formaba parte del palacio real, presenta su curioso cimborrio apiramidado que cobija una cúpula octogonal. Resulta de difícil clasificación, aunque lo más probable es que corresponda a una forma simplificada de hacia 1300.
Santa María la Redonda recibe este nombre por tener en su origen la forma de planta central. En el siglo XVIII, Martín de Beratúa levantó su interesante fachada occidental, con dos airosas torres y un gran nicho enmedio de clara inspiración en la portada de Santa María de Viana.

Navarrete 

    Al reanudar la marcha, después de Logroño, la primera población que se encontraban los viajero del siglo XI era Villarroya. De la importancia de este lugar en los primeros años de la duodécima centuria, es bastante significativo que  sea uno de los pocos lugares riojanos que cita Aymeric e su «Guía». 

    Una vez dejada a la espalda la ciudad de Logroño se asciende la Cuesta de la Grajera. Paisaje espléndido de viñedos, pinares y zonas recreativas. Desde su cima un descenso suave con la imagen de Navarrete al fondo. Y en esa pendiente, junto a una serrería, se encuentra, una valla que se ha convertido en el lugar donde los peregrinos dejan como recuerdo de su paso esas crucecillas hechas con dos trozos de madera.
      
    A 9 kilómetros de Logroño la villa de Navarrete que, desde la concesión del fuero por Alfonso VIII en 1195, se convirtió en una importante plaza fuerte frente a Navarra. Han desaparecido el castillo y casi la totalidad de las muralla sin embargo, su organización urbana, con sus calles concéntricas sobre la ladera del monte, sigue ofreciendo un aguerrido aspecto en el que sobresale la imponente mole de la Iglesia parroquial, edificada en el siglo XVI, sobre el cerro Tedeón. 

    La iglesia es un proyecto de Juan de Vallejo, iniciando su construcción Hernando de Minorza y acabandose en el XVII por Juan Pedro de Solarte.

    La portada constituye un retablo de dos cuerpos divididos en dos calles, en cada una de las cuales hay un portón en el cuerpo inferior y una ventana en el superior. También las columnas que las separan difieren entre la parte inferior, jónicas, y la superior, corintias. El retablo está coronado, en la hornacina, por una imagen de la Asunción, que da nombre a la iglesia. En su visita a Navarrete, Jovellanos estimó su diseño como obra de Herrera, constructor del escorial; Sin embargo, es sabido que el autor es Aguilera, y que sus honorarios fueron de 24.000 ducados.

    La planta de la iglesia consta de tres naves. La central es más alta que las laterales, las cuales terminan de sendas capillas -dedicadas a San José y Nuestra Señora del Rosario- de bóvedas de horno y cañón casetonado con decoración renacentista y columnas corintias.
El retablo barroco consta de tres cuerpos con cinco calles separadas por columnas salomónicas, cuajadas de uvas doradas. El cuerpo superior es una representación de la Asunción de la Virgen. En la calle central hay un crucifijo del S.XVI.
Consta, en la parte inferior, de banco que, en cualquier otro retablo menos espectacular, habría de ser considerado el primer cuerpo del retablo.

    A los pies de la iglesia se encuentra la torre con tres cuerpos y chapitel piramidal en sillería. El primer cuerpo, con decoración de resalte; el segundo, con doble orden de vanos adintelados enmarcados bajo frontón recto en el vano inferior y curvo en el superior; y el tercero, con huecos de campanas entre pilastras pareadas. La construyó Pedro de Aguilera, creando un prototipo clasicista de que tendría un gran impacto a lo largo del siglo XVII

    Recorriendo sus calles, con sus «cocinillos» -las traseras de las casas vuelan por encima de la vía, convirtiéndola en calle cubierta-, nos encontramos con numerosas referencias a los temas jacobeos. Una de las puertas de la población recibe el nombre de Santiago. La imagen del Apóstol campea como Matamoros en una estela pétrea sobre la fachada, parece labrada en el siglo XVI. 

    Las fachadas de las casas de las Calle Mayor, Alta y Baja, Santiago y La Cruz, jalonadas de escudos de armas, nos informan de la alcurnia de los antiguos moradores de la Villa. Se conservan más de cincuenta escudos, lo que no es poco para una población tan pequeña. Muchos de los blasones muestran  veneras y aspas. Un capitel de factura gótica, encastrado en una pared moderna, representa el torneo de Roldán y Ferragut. 
     
    Justo después de salir de la villa, se encuentra uno de los monumentos más importantes de  la arquitectura románica de la Rioja. En su inicio fue portada del monasterio de San Juan de Acre, fundado en 1185 por Doña María Teresa Ramírez, viuda de Fortún Baztán y madre de Martín Baztán, obispo de Osma, que pasó luego a ser bajo la custodia de la Orden de San Juan hospital para los romeros que iban de camino hacia Santiago de Compostela, «in strata beati jacobi prope Navarret» .

    Durante el siglo XIX fué destruido y los restos aprovechados, la portada y dos ventanas fueron trasladados  para servir de entrada al cementerio. Durante el pasado año fueron restaurados con dudosa eficacia artística. Igualmente se han efectuado obras en el antiguo recinto del hospital  a la entrada del pueblo por su zona norte donde se han encontrado algunos restos arqueológicos que permiten reconstruir la planta del antiguo hospital.

    La clasificación de la portada es un tanto problemática. Aquí siempre se ha dicho que es románica, aunque en algunos libros aparece como gótica. En cualquier caso, los primeros vestigios de arte gótico aparecen a partir del 1150 aproximadamente, y la portada es del 1185, como se decía más arriba, es decir, si es gótica, será de los primeros góticos del mundo, lo que hace suponer, puesto que la transiciones entre estilos habrían ser graduales, que la portada puede tener elementos que recuerden a ambas épocas.

    Tiene cinco arquivoltas de baquetones con dientes de sierra y cuadrifolios; impostas de tallos y entrelazados y capiteles de profunda talla, que representas leyendas -San Jorge y el dragón- o escenas cotidianas: peregrinos comiendo y bebiendo. El frontón estaba rematado por un capitel en que se representa una pelea entre dos caballeros, que ha sido interpretada, según señala Antonio Cillero Ulecia en su Historia de la Villa, como la lucha entre Roldán y Ferragut.


 


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