LA HOSPITALIDAD Y EL HOSPEDAJE EN EL CAMINO DE SANTIAGO
EL SIGLO XI O LA CREACIÓN DE UNA PRIMERA RED HOSPITALARIA
1250-1500. UNA ASISTENCIA URBANA, LAICA Y RITUAL
1100-1250. LA PROTECCION JURIDICA Y MILITAR EN UNA RUTA ESTRATEGICA
CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LA ASISTENCIA HOSPITALARIA
Luis Martínez García
Universidad de Burgos
LA HOSPITALIDAD Y EL HOSPEDAJE EN EL CAMINO DE SANTIAGO
"...los peregrinos de Santiago, pobres o ricos, tienen derecho a la hospitalidad y a una acogida respetuosa"
"Todo el mundo debe recibir con caridad y respeto a los peregrinos,
ricos o pobres, que vuelven o se dirigen al solar de Santiago, pues
todo el que los reciba y hospede con esmero, tendrá como huésped; no
sólo a Santiago, sino también al mismo Señol; según sus palabras en el
evangelio: "El que a vosotros recibe, a Mí me recibe ". Hubo antaño
muchos que incurrieron en la ira de Dios por haberse negado a acoger a
los pobres ya los peregrinos de Santiago (...). Por lo que se debe
saber que los peregrinos de Santiago, pobres o ricos, tienen derecho a
la hospitalidad y a una acogida respetuosa ". Con estas palabras
cerraba Aymeric Picaud su Liber Peregrinationis, la guía que escribiera
a mediados del siglo XII para hacer propaganda, aconsejar y prevenir a
los peregrinos jacobeos 1.
La hospitalidad, se dice expresamente, es un derecho de los peregrinos.
Y así debió considerarse desde entonces no sólo por los que hacían el
camino sino también por quienes estaban en condiciones de ofrecerla y
aún por los responsables de traducir dicho derecho en leyes
protectoras. Evidentemente hubiera sido imposible en la Edad Media
afrontar el viaje a Santiago con solvencia sin la existencia de unas
garantías mínimas de atención al peregrino. Las largas distancias y una
economía natural de subsistencia exigían la dotación sobre la marcha de
una infraestructura en este sentido muy desarrollada. Ya decir verdad
que la hubo. Se cuentan por cientos el número de hospitales y
alberguerias edificados en los siglos medievales -la gran época de las
peregrinaciones- con el objeto de proporcionar ayuda a los caminantes.
Podríamos poner algunos ejemplos próximos; A finales de la Edad Media
había en Logroño no menos de seis hospitales: el de Santa María de
Munilla, el de Nuestra Señora de Rocamador, San Juan allende Ebro, San
Gil, San Blas y San Lázaro; en Nájera, al menos cuatro, entre los que
se contaban, la hospedería del Monasterio de Santa María La Real, el
Hospital de la Cadena, el Hospital de Santiago y el Hospital de San
Lázaro; en Santo Domingo de la Calzada sobresalía el Hospital de Santo
Domingo especialmente dotado y afamado, situado junto a la catedral. Y
así por toda la ruta hasta llegar a Santiago. Incluso iba aumentando el
volumen conforme avanzaba el trayecto y crecían las necesidades de los
peregrinos venidos de lejos. Es el caso de Burgos donde están
documentados 32 hospitales medievales, de León, con 17 o Astorga con
25. Prácticamente no había localidad en el camino por pequefia que
fuere que no tuviera su hospital2.
¿Significa esto que los peregrinos encontraron en los reinos cristianos
peninsulares una infraestructura asistencial digna y suficientemente
eficaz? Confio en dar argumentos para que el lector pueda al final del
discurso responder a la pregunta. Por lo pronto, no deberíamos caer en
la tentación de confundir el número con la eficacia, ni la cantidad con
la calidad de la asistencia. El año 1479 sucedió en Burgos que las
fuerzas vivas ciudadanas -el obispo, el concejo, el gremio de
mercaderes y el monasterio benedictino de San Juan- solicitan al papa
Sixto IV, a través de los Reyes Católicos, licencia y ayuda para
construir un nuevo hospital. La principal razón aducida radicaba, según
se dice, en el hecho de que Burgos, cabeza y una de las principales
ciudades de los reinos de Castilla y de León, soportaba la afluencia
continua de multitud de peregrinos, pobres en su mayor parte,
procedentes de Italia, de Germania, de la Galia y de otras partes, que
pasaban en dirección a Santiago; y con ser cierto que había en la
ciudad y en sus arrabales muchos hospitales, las carencias de la
mayoría eran tantas que los pobres y peregrinos padecían serios
peligros y graves necesidades; a las afueras de la ciudad, cerca, había
dos, el del Emperador y el del Rey, pero eran a todas luces
insuficientes; ahora bien -le proponen al pontífice- si se construyera
un hospital nuevo e insigne podrían ser convenientemente atendidos los
pobres y peregrinos y curados los enfermos de sus
enfermedades3.¿Insuficientes treinta y dos hospitales o más en una
ciudad que rondaba entonces los 10.000 habitantes? ¿De qué hospitales y
de qué tipo de asistencia estamos hablando?
Si fuera por avanzar en el conocimiento de la asistencia hospitalaria
se hace preciso a mi juicio superar viejos criterios descriptivos, de
talante laudatorio, vívamente mantenidos por la erudición local y no
siempre desbordados por trabajos científicos, con frecuencia localistas
en exceso, y progresar en dos direcciones principales: una, que lleve a
observar la evolución de la actividad asistencial dentro del contexto
histórico propio del momento en el que tiene lugar, lo que exige
distinguir fases y rehuir de las generalizaciones, como si lo mismo
hubiera significado para el caso los siglos XI y XII que el siglo XV, y
otra, encaminada a conocer desde dentro en lo posible el interior de
los centros de acogida por ver de concretar el grado y la naturaleza de
las tareas asistenciales. Es lo que pretendemos hacer en esta breve
síntesis. Primero trazaremos, en tres etapas, la trayectoria de las
fundaciones y de los promotores, a sabiendas de que el momento de la
fundación de un hospital determinó en cierto modo no sólo la
personalidad de sus administradores sino también el nivel de sus rentas
patrimoniales, para, en una segunda parte, reparar en las condiciones
de los asistidos y de la asistencia, prestando especial atención a la
asistencia material4.
Antes sin embargo conviene dejar claro que los hospitales, a pesar de
su amplia versatilidad y de ser precisamente los establecimientos
creados a propósito por todo lo largo y ancho del Camino de Santiago,
no cubrieron ni mucho menos las necesidades asistenciales de las gentes
que le recorrieron. Debió existir junto a ellos una tupida red de
hospederías privadas que aunque mal conocidas desempeñaron un papel
fundamental en el sector. Diríamos que hubo dos modelos de asistencia
en la Edad Media: un modelo de asistencia pública, gratuita, benéfica,
que se ejerció en los hospitales, y otro modelo de asistencia privada,
de pago, ejercida en posadas y mesones e incluso en casas particulares.
De este segundo modelo de asistencia privada, retribuida, muy poco
sabemos y muy poco vamos a decir aquí. Por ahora sólo dos cosas que
adelanto. Una, que se dio siempre a lo largo del Camino, prácticamente
desde el mismo siglo XI, cuando se fija la ruta, cuando empiezan a
venir peregrinos en masa, y su hospedaje podía convertirse en un
negocio. y dos, que las posadas y los mesones particulares ofrecieron
una asistencia compleja, por cuanto los peregrinos podían encontrar en
ellos servicios diversos de primera necesidad, desde el alojamiento en
cama, fuego para calentarse y útiles de cocina, donde cocer los
alimentos que llevaban o que previamente habían comprado en la taberna,
en el mercado o incluso en la propia posada, hasta información de
interés general relacionada con santuarios dignos de visita, caminos
secundarios más transitables, ferias para la permuta de productos o
valores al cambio de monedas5.
Aún así, o tal vez por eso, los mesoneros siempre tuvieron mala fama.
Abundan los testimonios de peregrinos medievales acusándoles de
falsarios y ladrones, que abusaban de la ignorancia, las prisas y el
hambre de los peregrinos. Lo podemos percibir en el sermón Veneranda
dies incluido en el libro primero del Codex Calixtinus donde se les
presenta como el mayor enemigo de los peregrinos; dice que salen a su
encuentro prometiéndoles en falso lo mejor, que dan alimentos en mal
estado, que utilizan pesas y medidas falsas o que les roban mientras
duermen. Esta imagen negativa del mesonero se mantuvo durante toda la
Edad Media, como puede apreciarse en la serie de milagros en los que el
Apóstol Santiago acude en ayuda de los peregrinos cuando son víctimas
de la codicia, de los engaños o malas artes de los posaderos o en las
disposiciones legislativas tendentes a protegerles, abundantes a partir
del siglo XII, y aún fue creciendo después, en el siglo XVI, según hace
constar la literatura picaresca6. A veces estos servicios privados eran
ofrecidos por familias particulares que invitaban a los peregrinos a
alojarse en su casa a cambio de dinero o de un producto, como sucedía,
por ejemplo, en Atapuerca o en Puebla de Sanabria, cuyos fueros
regulaban dicha actividad.
Ahora bien, este tipo de asistencia privada -mal conocida, como digo-
no fue la característica del Camino de Santiago. La asistencia a los
peregrinos, tanto en su sentido material como en el religioso, llegó
fundamentalmente a través de los hospitales; unos centros que hemos de
entender en sentido amplio, como albergues de viajeros y peregrinos,
asilos donde se recogían y mantenían pobres extranjeros o naturales del
lugar, y centros sanitarios propiamente dichos destinados al cuidado de
enfermos pobres. Sus clientes eran, por tanto, preferentemente -no
exclusivamente- pobres, peregrinos y enfermos; tres categorías que con
frecuencia coincidían en una misma persona y cuya característica
principal era el desarraigo y la pobreza. Por eso los hospitales
medievales fueron antes que nada centros de beneficencia donde acudían
gentes necesitadas de ayuda. De ellos vamos a hablar de ahora en
adelante. Decía que en la creación de hospitales podemos distinguir
tres fases. Una primera coincidente con el s. XI, una segunda entre
1100 y 1250 y una tercera entre 1250 y 1500.
EL SIGLO XI O LA CREACIÓN DE UNA PRIMERA RED HOSPITALARIA
Nadie duda hoy de que fue a lo largo del siglo XI cuando se establece
una primera y planificada red de centros asistenciales, en consonancia
con el auge de las peregrinaciones y la fijación de una ruta estable.
No podemos entrar ahora en muchas explicaciones sobre las razones del
éxito jacobeo en aquel siglo XI. Las hubo, cómo no, de índole
religiosa. En una época de formalismos, de culto a los santos ya las
reliquias, se difunde entre los cristianos la costumbre de peregrinar
-<:omo a Roma o a Jerusalén- a Santiago de Compostela. Había
precedido una activa propaganda, promovida por martirologios y
peregrinos ilustres, sobre el descubrimiento del sepulcro del Apóstol,
la veneración de sus reliquias y la eficacia de su intercesión en la
recuperación de la salud espiritual y fisica. Pero no se trataba de un
movimiento religioso espontáneo o aislado sin más. Eran tiempos de
reformas eclesiásticas y entre las aspiraciones de los reformadores
estaba la de hacer partícipes, mediante la limosna y la peregrinación,
a todos los cristianos, y no sólo a los clérigos ya los monjes, de los
ritos salvíficos más importantes. A todos los cristianos; dentro de un
orden de jerarquización y de centralismo que pasaba a su vez por la
integración y homologación de las iglesias nacionales en el conjunto de
la cristiandad occidental. Tal era el sentido de otras iniciativas como
la difusión de la idea de Imperio y de Cruzada, la unificación de la
liturgia, la potenciación de los obispados y de las grandes abadías o
la introducción de la regla benedictina en los monasterios.
Pero también influyeron otras de tipo económico -el crecimiento
agrícola, el desarrollo urbano y de las actividades artesanales y
comerciales-, políticas -la unión de los reinos de León y Castilla, la
incorporación de Logroño a Castilla, etc.- e ideológicas, relacionadas
con la difusión del pensamiento feudal por medio de los monjes
cluniacenses y la apertura a Europa promovida desde las más altas
instancias del poder en los reinos cristianos peninsulares.
Lo cierto es que por entonces el Camino de Santiago se convierte en un
gran eje difusor de la cultura feudal, recorrido profusamente por
hombres, productos e ideas procedentes de los distintos territorios de
la cristiandad occidental. En este contexto, el Camino de Santiago
desempeñó un importante papel. A modo de una barra imantada sirvió para
encauzar, primero, y potenciar, después, los resultados del crecimiento
demográfico y económico, de la estabilidad política, de las inquietudes
religiosas, mentales e institucionales al uso en Europa. Por eso fue
muy útil al incipiente sistema feudal. Constituido en soporte de
estabilidad y progreso, material y espiritual, no podía por menos de
legitimar socialmente a quienes invertían en su promoción y desarrollo.
Siendo así no ha de resultar extraño que fueran los sectores sociales
con más responsabilidad e interés en el éxito de las reformas, y por
extensión, del sistema feudal, es decir, la monarquía (Alfonso VI en
Castilla-León y Sancho Ramírez en el reino navarro-aragonés), la al~
nobleza, los obispos y los monjes, sobre todo los monjes cluniacenses,
los primeros en dedicar al Camino una parte de su tiempo y de sus
fortunas, en muchos casos fundando hospitales.
Al acabar el siglo, podía darse por establecida una ruta de peregrinos
y comercial, la clásica, dotada ya de una primera red de centros
asistenciales que contribuirían a consolidarla. Había ya hospitales en
todas las etapas del Camino: Jaca (1084), Pamplona (1087), Estella
(1090), Nájera (1052), (Burgos (1085), Frómista (1066), Carrión,
Sahagún, León (1096), Foncebadón (1103), Villafranca del Bierzo, El
Cebrero, Portomarín y, como culminación, Compostela.
Una primera cobertura hospitalaria que si tuviéramos que resumir con
brevedad diríamos que se distinguía por su carácter monástico,
afrancesado e integral. Monástico, por ser los monasterios benedictinos
cluniacenses los prímeros en abrir hospederías o los encargados de
administrarlas; afrancesado, por tratarse de monasterios vinculados a
Cluny (Santa María la Real de Nájera, Santa Coloma de Burgos, San Zoílo
de Carrión, etc.); e integral, por ofrecer un nivel de asistencia
material, sanitaria y espiritual relativamente completa dado el enorme
patrimonio territorial que lograron acumular estas instituciones
monásticas.
A finales del siglo XI, la aventura del peregrinaje había reducido de
modo significativo los riesgos (sobre todo para un francés),
convirtiéndose la misma red hospitalaria en elemento propagandístico
tanto o más eficaz que los milagros atribuidos al Santo Apóstol.
1100-1250. LA PROTECCION JURIDICA Y MILITAR EN UNA RUTA ESTRATEGICA
En este periodo debió lograrse el apogeo de las peregrinaciones. A
ello contribuyeron varios factores; unos ya conocidos y otros nuevos.
Entre los primeros, los valores religiosos. No puede negarse que la
acción hospitalaria continuaba siendo una manifestación de la
espiritualidad monástica y la caridad un elemento más de su liturgia.
Pero el orden y el ritual de cada día chocaba con el dinamismo y la
improvisación propios de la clientela peregrina. Por eso los
benedictinos fueron cediendo en el servicio hospitalario hasta
convertirle en un mero rito a practicar en la hospedería con sus
pobres, generalmente naturales del lugar o de la comarca. En realidad
ocurrió a los monjes negros que estaban perdiendo sintonía con los
tiempos. Con el desarrollo económico, el liderazgo espiritual y
cultural abandona los claustros, mientras los laicos, sobre todo los
habitantes de los burgos, encuentran su modelo religioso ya sus más
fieles aliados en las instituciones de la Iglesia secular, el obispo,
la parroquia y la cofradía, como ellos mejor identificados con los
ideales de trabajo, pobreza y predicación que con la vida contemplativa
e inmovilismo de los monjes 7. La pérdida de confianza de los fieles se
tradujo en una desaceleración paulatina de las donaciones y
consecuentemente en el deterioro de los patrimonios hospitalarios
regentados por ellos que se harían especialmente graves después de
mediado el siglo XIII. El año 1245 estaba desatendido el oficio de la
limosnería en San Zoílo de Carrión y, más tarde, ésta y otras abadías
de la zona, según las Cuentas de 1338, sumidas en una profunda crisis,
habían relegado a los últimos lugares las rentas a disposición del
oficial imosnero8.
La alternativa a la hospitalidad benedictina estuvo en las nuevas
propuestas religiosas de vida en común, de estricta observancia o más
evangélicas, como los cistercienses, los premostratenses y, sobre todo,
los canónigos regulares de San Agustín que darían pruebas de su
hospitalidad con los peregrinos en San Juan de Ortega ( 1138), Santa
María de Villalbura ( 1178), Burgos o San Isidoro de León ( 1148).
También adoptaron la regla agustiniana los Antonianos, dedicados
expresamente al cuidado de los peregrinos-enfermos del "fuego de San
Antón", con casa y hospital en Castrojeriz desde 1146. El auge de las
peregrinaciones y de las actividades económicas y culturales que le
sostenían justificaron más que de sobra la continuidad del apoyo del
poder político feudal, desde el rey hasta el último señor. Mientras la
reina Urraca promovía la repoblación de Villafranca del Bierzo, Alfonso
el Batallador otorgaba un fuero de francos a la villa de Belorado (
1116). Alfonso VIl protege y financia al santo Juan de Ortega cuando
éste erige un monasterio y hospital ( 1142) en lo más cerrado de los
Montes de Oca, hasta entonces "lugar habitado por ladrones que día y
noche robaban a muchos peregrinos". Alfonso VIII fundará y dotará
espléndidamente al Hospital del Rey ( c.1187). O la nobleza, que les
imita en sus respectivos territorios: los Lara fundan un hospital en
Tardajos ( 1147) y otro en Itero del Castillo, Gonzalo Ruiz airón
levanta el de la Herrada y Tello Pérez de Meneses los de San Nicolás
del Real Camino y el de Villamartín, en Tierra de Campos9.
Entre los nuevos elementos hemos de registrar también la creciente
protección jurídica y policial a los peregrinos. A pesar de la
dispersión legislativa y de tener que cruzar por territorios de
diferentes jurisdicciones (regia, señorial, concejil) los señores
procuraron siempre facilitarles el paso. Pensemos en el Fuero de
Belorado; un fuero destinado a fomentar el poblamiento de la villa con
francos y judíos, concediéndoles amplias ventajas de orden fiscal,
procesal y penal, mayores cotas de autonomía municipal y facilidades en
el movimiento mercantil. En suma, la aplicación práctica de un derecho
de francos que, extendido a otras villas, vendría de ahora en adelante
a reforzar las posiciones de los sectores burgueses, comerciantes y
artesanos, y, por extensión, a proteger jurídicamente a los peregrinos.
Mercaderes y peregrinos, merecerán, en efecto, un tratamiento similar
en los textos legislativos generales. Concilios como los de León ( 1114
), Compostela ( 1124) o Lérida (1173) contemplaban penas graves para
quienes atentaren contra las personas y sus bienes. y lo mismo la
legislación civil, según puede verse en recopilaciones algo posteriores
como el Fuero Real, Las Partidas o la Nueva Recopilación. Abundaban,
además, salvoconductos y privilegios especiales de carácter personal o
colectivo. A mediados del siglo XII los condes de Barcelona disponían
de una especie de guías para acompañar a personas distinguidas que iban
o volvían de Compostela y las cancillerías navarra, aragonesa o
castellana expedían con frecuencia este tipo de documentos. El Camino
de Santiago se había convertido en algo más que una ruta de
peregrinación. Se trataba de una vía comercial de primera magnitud por
donde llegaban productos de la Europa continental y de al-Andalus, en
este caso con intervención de mercaderes musulmanes. Los hospitales, lo
mismo que las posadas y mesones privados, debieron ejercer de puntos de
encuentro e intercambio para peregrinos /mercaderes, llegándose incluso
a formalizar una especie de contrato de hospedaje con el que regular y
fijar por escrito los derechos y las obligaciones de hospederos y
clientes 10.
Como no podía ser menos ese mundo dinámico y complejo de alto interés
económico, político y religioso requería un orden y un control. Si
antes habían sido los monasterios, ahora serán las Ordenes Militares,
junto con las nuevas órdenes monásticas reformadas, las que asuman la
responsabilidad, por encargo o con el beneplácito del rey y de la
nobleza, de proveer y coordinar las labores de asistencia, protección y
control del camino y de los caminantes. Una labor que cuadraba a la
perfección con el perfil de sus miembros, entre religiosos,
hospitalarios y caballeros guerreros. Con su presencia, si no la
totalidad del Camino al menos las zonas más inseguras de la Meseta
castellana, se vieron intensamente militarizadas y puestas bajo control
de los poderes feudales establecidos. La Orden de San Juan de Jerusalén
se asentará en Navarrete, en Atapuerca, en Itero del Castillo, o en
Hospital de Orbigo; la Orden del Temple, en Villalcázar de Sirga o en
Ponferrada; la Orden de Santiago, en León (Hospital de San Marcos) y en
Tierra de Campos (Hospital de Santa María de las Tiendas y
Villamartín); o la Orden de Calatrava, con bienes diversos en tramos de
la Rioja y Burgos 11.
1250-1500. UNA ASISTENCIA URBANA, LAICA Y RITUAL
En este tiempo de la baja Edad Media lo más llamativo es el hecho de
que la asistencia tienda a concentrarse en las ciudades, ya quedar bajo
la iniciativa y la administración de instituciones laicas, parroquiales
o concejiles, más o menos controladas por miembros de las oligarquías
dirigentes, frecuentemente compuestas por mercaderes.
Los cambios están estrechamente relacionados con otros que afectaron
tanto al camino fisico como a los caminantes. En los siglos
bajomedievales la ya secular ruta clásica del Camino Francés -por
Logroño, Nájera, Santo Domingo de la Calzada, Burgos, Carrión de los
Condes, León, Astorga, etc.- deja de ser la única vía de largo
recorrido. A partir del siglo XIII habían ido surgiendo en la Península
nuevos centros económicos y nuevas rutas comerciales. Es, por ejemplo,
el caso del eje Norte-Sur que unía los principales puertos del
Cantábrico con las tierras del interior por Miranda de Ebro, Medina de
Pomar, Frías, Briviesca, y de Burgos a Valladolid, Toledo, Sevilla. Las
vías se multiplican y con ellas las necesidades de protección y
asistencia a los viajeros, ya fueran peregrinos, hombres de negocios o
simples pordioseros. En tal estado de dispersión y ante la falta de una
planificación general serían las instituciones locales: parroquias,
gremios, cofradías, el concejo e incluso individuos aislados de la
oligarquía urbana, quienes adquieran las mayores responsabilidades en
materia asistencial.
De otra parte, se estaba haciendo muy complejo el perfil del peregrino.
Ya no viene sólo el peregrino de corte antiguo, apacible, movido por
impulsos religiosos, que caminaba en grupo y protegido. A su lado se
van sumando otros que viajan en cumplimiento de penas judiciales o por
simple afán de aventura. Y aún había más. Aquéllos que convertían los
caminos en un modo de vida, en un viaje sin retorno, falsos peregrinos,
trotamundos, vagos y enfermos, confundidos con los pobres del reino y
temidos, todos, por constituir un serio peligro para la salud por
contagios y enfermedades. Eran los hijos, a fin de cuentas, del
crecimiento urbano, que tanto abundarán en tiempos de crisis, sobre
todo después de mediado el siglo XIII. En las ciudades, la pobreza y la
marginación se convierten en un problema social al que han de hacer
frente las autoridades locales y, en general, la sociedad integrada. En
ese contexto hemos de entender el protagonismo adquirido por los ricos
laicos urbanos que, o bien directamente o bien a través de la parroquia
o de la cofradía a la que pertenecían, darán limosnas y hasta fundarán
un hospital de peregrinos para, a través de él, dejar constancia de su
riqueza y, también, de su generosidad. La virtud del noble rico, -la
nobleza es un estado al que aspiran las élites urbanas, formadas
principalmente de mercaderes- es ante todo la generosidad. La
generosidad, no exenta de ostentación, produce estima social, honra y
prestigio. La generosidad sirve, además, para legitimar moral y
políticamente la posesión de unas fortunas logradas a veces por medios
considerados poco cristianos y, en consecuencia, para encubrir
responsabilidades en la creación de situaciones de pobreza que de ese
modo pretenden ser reducidas o apaciguadas.
A finales de la Edad Media, especialmente en los ambientes urbanos, se
había extendido la creencia de que la limosna resultaba tan beneficiosa
para el que la recibía como para quien la daba. Por cuestiones de
honra, como decimos, pero también de religión. El rico mercader no
olvida su condición de cristiano; cumple lo mejor que puede con los
mandamientos de la iglesia, recibe los sacramentos, asiste a la misa
dominical, ayuna, ora, lee libros piadosos, y hasta construye capillas
en las parroquias y en los conventos de la ciudad, encarga numerosas
misas de aniversario y memorias, dona obras de arte para ellas, cuida
hasta el más mínimo detalle los ritos funerarios propios y de la
familia, y practica la caridad: da limosna en mano, a la parroquia o a
la cofradía, contribuye en las colectas por damnificados en calamidades
de peste, hambre o guerra, funda incluso un hospital. Es la
manifestación de una nueva religiosidad personal, escatológica y
solidaria, más propia de las ciudades que del campo, donde el pobre y
el peregrino, imagen de Cristo en la tierra, cumplen el papel de
eficaces intermediarios en el camino de salvación.
Podemos poner de ejemplo el caso de la ciudad de Burgos. Por aquellos
afíos de finales del siglo XV no menos de seis de los más de 30
hospitales existentes en la ciudad acababan de ser fundados y dotados
por un mercader o familia de mercaderes. Lo eran, el Hospital de La Lo,
situado junto a la puerta de San Juan, que recordaba la memoria de su
fundador Pedro García de La Lo; el Hospital de Michelote, en la calle
Avellanos; el Hospital de Santa Maria y San Juan, en Viejarrúa, fundado
por el mercader Anequín Longo y su mujer Juana Sánchez; el Hospital de
Nuestra Sefíora de Gracia o de los Trece Caballeros, dotado por el
mercader Alfonso Ibáfíez, también en el distrito de Viejarrúa; el
Hospital de Santa Lucía, junto a la Judería, cerca de la puerta de San
Martín, erigido por el mercader Pedro Pérez; o el Hospital de Santa
María La Real, instituido junto a la muralla ya la puerta de San Martín
por Elvira González, igualmente perteneciente a una familia de
mercaderes.
Ahora bien, la honra y la salvación personal, en cuanto valores y
vivencias del espíritu, desbordaban el marco personal y familiar para
situarse normalmente en ámbitos asociativos más amplios de carácter
profesional o religioso. En las ciudades y otras villas de entidad no
había vecino que no formara parte de alguna cofradía e incluso de
varias, como podían ser la abierta de la parroquia y la reservada al
oficio o categoría social de cada uno; cofradías que a su vez
procuraban poseer y administrar un centro hospitalario. En Burgos, los
miembros de la élite, más allá de los vínculos personales o familiares
con la parroquia y la vecindad, podían contar con varias instituciones
de ese tipo. Eran, por ejemplo, las cofradías de Nuestra Sefíora de
Gamonal, Nuestra Sefíora de Gracia -cada una con su pequeño hospital y
la Cofradía de los Caballeros de Santiago, donde sólo ellos podían
ingresar, a título individual. Sin embargo, no deja de sorprender en
este caso el hecho de que el gremio de mercaderes, agrupado en cuanto
colectivo profesional en la Universidad de Mercaderes o Consulado del
Mar, careciera hacia 1479 de un hospital para pobres /peregrinos
/enfermos donde manifestar pública y perpetuamente la bondad del oficio
y la magnanimidad de sus profesionales. Al fin y al cabo es lo que
tenía cualquier otro colectivo o institución que pretendiera un mínimo
de reconocimiento social. Por entonces en la ciudad del Arlanzón el
cabildo catedralicio regentaba varios: el Hospital de Vega, el de San
Lucas, el del Capiscol, el de San Lázaro de Villayuda o el Comunal de
la Catedral; otras instancias de poder como el rey o el obispo contaban
asimismo con el Hospital del Rey y el del Emperador, respectivamente;
por su parte la Universidad de Curas parroquiales administraba el de
Santa María La Real; las parroquias de San Esteban, de San Cosme y San
Damián, de Santa Agueda o de Nuestra Señora de Viejarrúa tenían
cofradías con su hospital; y hasta el gremio de los tanadores, el de
los zapateros o el de los taberneros poseían el suyo. De ahí que no
resulte extraña la petición de los mercaderes burgaleses al papa Sixto
IV para que les patrocinara la creación de un nuevo hospital, cosa que
sucederá de inmediato con todas las bendiciones posibles del papa, de
los monarcas castellanos, del obispo de la ciudad y del concejo, en el
Hospital del Papa Sixto u Hospital de San Juan, concebido en cierto
modo como un hospital general en la idea de superar las limitaciones de
la beneficencia tradicional.
Durante los siglos XIV y XV, las ciudades y villas más importantes del
Camino se fueron llenando así de modestos hospitales que poco tenían ya
que ver con los grandes hospitales de etapas precedentes ni con los
hospitales generales que comienzan a surgir en los últimos años del
siglo XV por toda la Península en lo que será una clara apuesta por
modernizar las labores de asistencia.
CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LA ASISTENCIA HOSPITALARIA
Conocido a grandes rasgos el proceso de formación de la red
hospitalaria en el Camino de Santiago, veremos seguidamente con la
misma perspectiva general el tipo de asistencia que ofrecían.
La clientela, como dijimos antes, era múltiple y variada. Por lo común,
todos los hospitales se ofrecían a acoger individuos realmente
necesitados, fueran peregrinos o pobres del lugar, sanos o enfermos. No
obstante, casi todos tenían sus preferencias. Los hospitales más
antiguos la ejercían con los peregrinos de fuera. En los administrados
por cofradías los elegidos eran, sin embargo, los pobres y enfermos
vinculados de una u otra forma a la cofradía, como en los parroquiales
eran los feligreses más necesitados. Otros se especializaron en
determinadas enfermedades, sobre todo contagiosas, como los hospitales
de San Lázaro para leprosos. En cualquier caso estaban excluidos los
falsos peregrinos, los vagabundos y las mujeres de mala fama. Para su
identificación y control hacían uso de distintivos -el hábito con
esportilla, bordón y calabaza en los peregrinos- y de prácticas, -como
la muesca hecha en el bordón a quien recibía la ración del Hospital del
Rey de Burgos-, para evitar que repitieran. A los que llegaban sanos se
les albergaba normalmente por una noche, ya los enfermos, hasta que
recobraran la salud o muriesen.
¿Y qué decir de la calidad del hospedaje? Una vez admitidos en un
hospital los peregrinos podían hallar servicios y atenciones de muy
diverso grado. Como no podía ser de otro modo dependía en cada caso de
la entidad del patrimonio, es decir del caudal de los ingresos, y del
destino y uso que de él hicieran los administradores. No nos vamos a
detener en esto. Simplemente señalar que todos se sostenían gracias a
las rentas del patrimonio con el que habían sido dotados por sus
fundadores y bienhechores, -generalmente, un patrimonio rústico-,
ocasionalmente complementadas con algunas limosnas de los fieles y, en
menor medida, con los legados piadosos de peregrinos agradecidos o
fallecidos en la casa.
Desde una perspectiva de análisis del patrimonio los hospitales podrian
ser clasificados en grandes, medianos y pequeños. Los medianos y más
grandes eran los de fundación antigua. Solían ocupar un edificio
construido para ese fin, dotado de salas amplias para hombres y para
mujeres por separado, con su capilla, botica y cementerio propios, y
otras varias dependencias anejas para el personal asistente. Grandes
realmente había pocos; en todo el Camino, el Hospital del Rey de Burgos
y, si acaso, el de Roncesvalles y los muy tardíos Hospital de San Juan
de Burgos y Hospital Real de Santiago. Los pequeños, por lo general, se
valían de una vivienda familiar, normalmente la del fundador,
convertida sin más en hospital, con dos o tres habitaciones -con dos o
tres camas-, cocina y cuadra-almacén para guardar las caballerías y las
provisiones del centro.
En este sentido es evidente que las diferencias entre unos y otros
hospitales llegaron a ser enormes. Es la distancia que había, por
ejemplo, entre las 15 o 20 fanegas de trigo anuales que podía ingresar
un pequeño hospital urbano bajomedieval y los dos millones de
maravedís, las 7.000 fanegas de pan, las 300 de sal o las 5.000 cabezas
de ganado lanar que el Hospital del Rey de Burgos tenía a finales del
siglo XV.
En cuanto a la administración todos, pequeños y grandes, estuvieron en
manos de instituciones religiosas. Primero fueron los monasterios y las
sedes episcopales, después las Ordenes Militares, y más tarde las
parroquias y las cofradías. Según la categoría del centro, el número de
asistentes podía oscilar entre uno o dos de los pequeños hospitales de
cofradías -una mujer, un matrimonio-, y la veintena que podía alcanzar
un hospital de tipo medio como el de San Marcelo de León en el siglo
XIII. El gran Hospital del Rey de nuevo marcaba diferencias,
sobrepasando el centenar de empleados.
En cualquier caso, todos los centros, grandes o pequeños, pagaban a los
empleados el sustento y un salario, lo que para muchos llegó a
convertirse en la principal partida de gastos, como tuvimos la ocasión
de comprobar en la ciudad de Burgos donde los pequeños y medianos
llegaban a destinar a ese fin en tomo al 75% del total de los ingresos.
¿Y qué podía esperar, qué recibía un peregrino medieval en estos
hospitales? Digamos que la oferta se concretaba en dos aspectos
básicos, alojamiento y comida. También recibiría, aunque de menos
gasto, atenciones sanitarias y servicios religiosos. Veamos.
Alojamiento, es decir, techo y fuego para calentarse ofrecieron todos y
siempre, que no era poco. El alojamiento incluía la posibilidad de
dormir en cama. Incluso, en una buena cama, hecha al estilo de hoy. He
aquí algunos datos: El más grande, el Hospital del Rey, disponía de 87
camas, distribuidas en dos enfermerías (45) y dos hospederías (42) para
hombres y para mujeres. Otros, a larga distancia, procuraron ajustarse
a la cifra de 12, con sus resonancias evangélicas, como los Hospitales
del Emperador, de San Lucas o de La Real en Burgos, o el de San Marcos
de León. Los más, principalmente urbanos y de cofradías, no solían
pasar de seis; bastando con que una institución tuviera dos o tres
camas para ser considerado hospital. Es cierto que a veces dormían dos
o más en una cama, pero aún así los datos no dejan de denunciar la
discreta capacidad asistencial que caracterizaba a la mayoría.
Ahora bien, el prestigio de un hospital más que por el fuego o por la
cama venía dado por el alimento. Especialmente después del siglo XIII
cuando crece el número de los peregrinos pobres y de los pobres
enfermos. La sociedad cristiana, a través de los hospitales, haría en
este sentido un gran esfuerzo. Sin embargo, pronto el dar y el recibir
para comer acabaron por transformarse rito. Lo vemos en el menú
reglamentario, invariable pero pretendidamente digno, ofertado en cada
casa. Ante la insuficiencia de las rentas, para evitar abusos de los
administradores, mantener la honorabilidad del centro y recordar
gratamente la memoria del fundador y bienhechores los hospitales
optaron por establecer raciones-tipo reglamentarias. Esa fue la
solución ante la escasez de recursos.
Conocemos las raciones de varios hospitales bajomedievales, y en
general puede decirse que los peregrinos las daban por buenas e incluso
por muy buenas. A fines del siglo XV, el peregrino alemán Hermann Künig
escribía de Nájera: "Allí dan de grado por amor de Dios (ración) en los
hospitales, y tienes todo lo que quieres. Excepto en el Hospital de
Santiago, toda la gente es muy burlona. Las mujeres del hospital arman
mucho ruido a los peregrinos, pero las raciones son muy buenas ". En el
Hospital de Villamartín (Palencia) daban en fechas bastante más
tempranas, hacia 1231, dos panes y dos jarras de vino, tres días de
carne por semana y ración de conducho, queso y manteca 12.
Con todo, las mejor conocidas son las del Hospital del Rey de Burgos de
finales del siglo XV, donde daban de comer y de beber hasta saciarse,
según H. Künig. Cada peregrino acogido tenía derecho a una ración
-almuerzo si llegaba por la mañana y cena y alojamiento si llegaba por
la noche- compuesta por: dos panes redondos de un peso de medio cuartal
(575 gramos), dos vasos de vino de medio azumbre (aproximadamente un
litro ), un plato de caldo o de potaje de legumbres u hortalizas
(habas, garbanzos, lentejas, ajos, puerros, zanahorias,...), y un trozo
de carne de dos libras de peso a repartir entre tres (307 gramos por
persona aproximadamente ); y los días de abstinencia, en lugar de la
carne, pescado en cantidad y precio equivalente a la carne (sardinas
frescas, o congrio, merluza y mero en salazón).
Los ingredientes básicos del menú del peregrino eran, por tanto, el
pan, el vino y la carne; en principio algo que hemos de considerar
normal para amplios sectores de la población castellana y europea dado
el alto porcentaje -aquí, en torno al 80%- representado por el
autoabastecimiento. Si nos fijamos con más detalle en estos
ingredientes vemos algunas cosas interesantes. Por ejemplo, que el pan,
era un pan blanco, no moreno ni de pobres, y de buena calidad,
equiparable al que se consumía en Provenza o en Sicilia entre las
familias acomodadas y de gran valor nutritivo y aún curativo, sobre
todo para los peregrinos procedentes de Europa central acostumbrados al
pan de centeno frecuentemente afectado por el hongo del cornezuelo
productor del ergotismo. En cuanto al vino, su elevado consumo -un
litro por comida- refleja uno de los hábitos más arraigados de la
época. El vino que daban a los peregrinos-pobres era un vino aguado, de
la cosecha propia, pero el que consumían los oficiales mayores lo
llevaban de la Rioja 0 de Toro.
Ahora bien, con ser buena la ración de pan y elevada la del vino, a mi
entender, el mayor crédito del hospital burgalés y de otros
prestigiosos como él estuvo en la carne, en la abundante carne de ovino
que ofertaban. Dos libras a repartir entre tres correspondía a más de
300 gramos por cabeza y además de oveja y de carnero, la más cotizada
del momento. Junto a la carne de ovino a veces, muy pocas, les daban
buey y carne de cerdo, en este caso probablemente para condimento del
potaje que acompañaba a la ración de pan, de vino y de carne. La carne
de cerdo, antes muy apreciada, estaba muy devaluada. Mención especial
merece el consumo de carne de gallina y de pollo; era una carne muy
valorada y cara, -en 1499 su precio alcanzaba los 30 maravedís, el
salario diario de un jornalero- considerada la mejor para quienes
hacían poco ejercicio, por lo que estaba prácticamente reservada a los
enfermos. Se trataba, en fin, de una ración suficiente para alimentar a
un individuo por un día -en torno a las 2.800 calorías-, rica y
equilibrada -dada la aceptable proporción de proteínas, grasas e
hidratos de carbono-, aunque incompleta por la ausencia de frutas y
productos lácteos y sus derivados.
Raciones buenas, pero ¿cuántas? ¿fueron o no suficientes para atender
la demanda de peregrinos-pobres-enfermos? Desgraciadamente los datos
históricos conservados son parciales y genéricos. Pero una cosa parece
evidente: desde el momento en que había en cada hospital raciones
reglamentarias e invariables estaban poniendo límites a la asistencia.
Es cierto que algunos hospitales, preferentemente los situados en
lugares inhóspitos o de paso obligado, contemplaban la posibilidad de
establecer raciones de mera subsistencia o de aminorar la reglamentaria
para dar a más peregrinos aunque fuera con menos ración. Así en
Foncebadón, en Valdefuentes o en San Juan de Ortega; -en Valdefuentes
daban a finales del siglo XV un pedazo de pan de cuatro onzas ( 115
gramos) por toda ración-. Pero los más prefirieron mantener la calidad
del servicio concentrando la entrega de esas buenas raciones en
determinadas épocas o fechas del año. Los ejemplos abundan. El Hospital
de la Real cifraba el mayor peso de la actividad benéfica en una comida
a doce pobres /peregrinos durante los días de Cuaresma y en la entrega
anual de 53 pares de zapatos a los peregrinos. El Hospital de San Lucas
daba una comida a doce pobres en la fiesta del patrono. O el del
Emperador, que repartía una fanega de pan cada viernes del año y una
comida diaria a doce pobres por Cuaresma. Yeso si no les ocurría como
en el Hospital Real de Santiago de Compostela que, según se reconoce en
las Ordenanzas de 1524, no tenía rentas suficientes para dar de comer a
más que a los enfermos ya los oficiales de la casa, aunque, eso sí,
ofreciera a los peregrinos sus dependencias para comer de los propio.
Claro que había excepciones. En algunos hospitales, muy pocos, en los
mejor dotados, las raciones además de buenas, abundaban. Por ejemplo,
en el Hospital de Santo Domingo de la Calzada, según Eliseo Sáinz, a
mediados del siglo XV llegaban a comer diariamente unas 200 personas;
aunque nada sabemos de las condiciones ni de la composición del menú
13. Lo que podemos decir, a partir de datos muy precisos, es que en el
Hospital del Rey de Burgos a finales del siglo XV repartían al año por
término medio unas 70.000 raciones, es decir alrededor de 200 raciones
diarias de las ya conocidas, en la dependencia conocida como Mesas de
los romeros donde comían los peregrinos sanos, a las que habría que
sumar las raciones que se daban a los oficiales y personal asistente, y
las consumidas en las enfermerías, que serían otras 150 más
aproximadamente.
Otra cosa es que hubiera para todos. Si damos por buena la estimación
recientemente propuesta por el Centro Europeo de estudios compostelanos
de cifrar entre 250.000 y 500.000 el número de peregrinos anuales
durante los siglos XI-X III, aunque descendiera algo en los siglos XIV
y XV, es evidente que no. Luego tendremos que imaginarnos a los
peregrinos -y pobres en general- andar listos y bien informados para
lograr en uno u otro hospital alguna de aquellas buenas raciones. De lo
contrario, tendrían que recurrir a la hospitalidad privada, remunerada
o simplemente caritativa. Ese debió ser el perfil más negro de la
beneficencia en la Edad Media y Moderna. Hemos podido comparar datos de
varios años, entre 1498 y 1528, y hemos visto que ni el número de las
raciones ni la calidad de las mismas sufrían modificaciones
importantes. Es decir, que se había impuesto en el Hospital del Rey,
como en otros centros de asistencia, una concepción ritualista de la
limosna, con unas raciones reglamentarias inmutables ante cualquier
necesidad coyuntural que desde una perspectiva humanitaria hubiera
aconsejado actuar con mayor flexibilidad.
Dentro de las atenciones que un peregrino podía recibir en un hospital
estaba lógicamente la asistencia sanitaria. Se ha dicho muchas veces
que el Camino de Santiago fue un camino de enfermos. Al Apóstol se le
reconocían poderes curativos extraordinarios, siendo muchos los que
iniciaban el viaje enfermos. Otros perderían la salud en el trayecto.
No es de extrañar por tanto que a lo largo del camino, y aún más en los
hospitales, se difundieran y aplicaran los remedios de la medicina
popular. Ya el Codex Calixtinus denunciaba a mediados del siglo XII a
especieros, herboristas y drogueros por vender jarabes y purgantes que
nada curaban.
Andando el tiempo, con los progresos de la ciencia médica que hacían
posible diferenciar mejor al pobre del enfermo, los hospitales, sobre
todo los grandes hospitales, fueron prestando una mayor atención a la
asistencia sanitaria. Los enfermos son acogidos sin límite de tiempo,
se habilitan salas especiales para ellos y contratan los servicios de
profesionales médicos y boticarios. La botica del Hospital del Rey de
Burgos era, por ejemplo, la mejor de la ciudad "...y aún del reino",
espléndidamente provista de aceites, ungüentos, conservas, drogas,
dulces, especias, aguas diversas,...preparadas por el boticario para
ser aplicadas a los enfermos por indicación de los médicos. Un capítulo
importante de la atención sanitaria estuvo precisamente en la
alimentación; una alimentación de carácter protector y curativo como la
del mismo Hospital del Rey donde se les daba mejor pan, mejor vino y,
en exclusiva, aves de corral y frutas. Para muchos enfermos la
alimentación fue el mejor remedio con vistas a combatir sus dolencias.
Además de la asistencia alimentaria y sanitaria, los peregrinos
pudieron hallar en los hospitales el consuelo espiritual. Con el
trascurso del tiempo y de multitud de peregrinos que viajaban en nombre
de Cristo el Camino de Santiago se había transformado en un espacio
sagrado, jalonado de monasterios e iglesias, capillas, cofradías, con
sus reliquias de santos e imágenes milagrosas de visita obligada.
También los hospitales y el mismo hecho de la acogida debieron
considerarse un acto más de la liturgia en la que se había convertido
el viaje de acercamiento a la tumba del Apóstol, su principal objetivo.
La beneficencia estaba, en verdad, profundamente sacralizada. Acabamos
de ver el grado de ritualización de la asistencia alimentaria. De
hecho, desde el momento en que un peregrino cruzaba la puerta de un
hospital, se le hacía participar, según las horas, en los oficios
religiosos. Antes y después de comer debía rezar en sufragio por el
alma del fundador y bienhechores, y, tras pasar la noche, reanudaba la
marcha sólo después de haber oído misa. Un buen testimonio de la
relación cama faltar tenemos en el Hospital del Rey donde las camas de
los peregrinos se disponían en las naves laterales de la iglesia, para
desde ellas, sin dejar el descanso, poder asistir a las funciones
litúrgicas.
Los que llegaban enfermos, antes de acceder a las enfermerías, debían
confesar, comulgar y hacer testamento. Con ese fin los hospitales mejor
dotados contaban con clérigos expertos en lenguas extranjeras (alemán,
francés, flamenco, latín). Los servicios religiosos se intensificaban a
la hora de la muerte. Cuando fallecía un peregrino era enterrado con
gran solemnidad, acompañado de toda la comunidad hospitalaria, de
personas piadosas e incluso de cofradías -la de San Esteban de Astorga,
por ejemplo- dedicadas especialmente a ello.
En resumidas cuentas, puede sostenerse que al acabar el periodo
medieval se hallan conviviendo dos modelos o dos concepciones
diferentes de hospitalidad. Una de corte tradicional que representaba
el pasado y otra de signo modernizador que apuntaba hacia el futuro. El
hospital tradicional es el que hemos visto dominar por todos los
lugares, sobre todo en las ciudades. Es pequeño, fundado casi siempre
por iniciativa de una familia o individuo laico, rico, que decide por
motivos religiosos convertir tras su muerte la vivienda familiar u otra
de su propiedad en centro de acogida. Para garantizar la continuidad de
la limosna y la perpetuación de su memoria le dota de unas rentas en
bienes raíces y encomienda la administración a una cofradía o a una
parroquia de la que era feligrés. La precariedad de las rentas, la
modestia de los espacios de la casa y los elevados gastos de
administración había obligado a la mayoría a reducir drásticamente la
actividad benéfica. En unos casos limitando las entradas y en otros
concentrando la acogida en determinadas fechas del año litúrgico: por
Cuaresma, en los primeros viernes de mes, el día de la fiesta del
patrono o con motivo de funerales de feligreses o bienhechores con
fortuna. El resto del año, por lo general, apenas podían ofrecer otra
cosa que techo para protegerles de la intemperie, fuego donde
calentarse y, llegado el caso, una cama de las pocas que tuviera, para
pasar la noche. Este es el prototipo de hospital que tanto abundaba en
las ciudades y villas bajo- medievales del Camino de Santiago; el mismo
que había merecido el calificativo de ineficaz por los responsables del
concejo y de la oligarquía mercantil de Burgos en 1479.
Frente a este modelo comienza a abrirse paso otro, el del Hospital
General, que tendrá una gran difusión en la primera mitad del siglo XVI
en las ciudades bajo el empuje de las instituciones sociales y de los
grupos de poder más dinámicos. Era un modelo de hospital que respondía
con fidelidad al espíritu centralizador que animó la política de los
Reyes Católicos en éste como en otros aspectos. De hecho algunos
surgieron como resultado de políticas municipales proclives a la
concentración hospitalaria previa la fusión y desaparición de los
antiguos e inoperantes hospitales tradicionales. A diferencia de éstos
la gestión quedó en manos laicas y la asistencia propiamente dicha
mucho más racionalizada. Continuarán admitiendo peregrinos y pobres en
general, sacralizando el servicio, pero el tratamiento tiende a ser más
individualizado. Procurarán diferenciar mejor al pobre del peregrino,
al honrado y apacible, del ocioso y vagabundo. Pero donde más se había
de notar el cambio fue en los aspectos propiamente sanitarios,
disponiendo de médicos, cirujanos y boticarios, y de dependencias
separadas según la naturaleza y tratamientos requeridos por cada
enfermedad. Durante el reinado de los Reyes Católicos y fomentado por
ellos tienen lugar fundaciones importantes como el Hospital de San Juan
de Burgos (1479) o el Hospital Real de Santiago, proyectado
inicialmente hacia 1486 y levantado definitivamente en 149914. Bien es
cierto que estos cambios tuvieron un desarrollo muy lento. Aún pesaba
como una losa la mentalidad aristocrática tradicional que, lejos de
reconocer carácter de función pública, laica y profesionalizada a la
acción social, seguía optando por dejarla en manos de la caridad y de
las instituciones eclesiásticas15.
Terminemos con una reflexión final. Es evidente que la hospitalidad
medieval ofrecía muchos puntos débiles: la atomización y dispersión de
los centros, la precariedad de las rentas, la mala gestión, el arcaísmo
de la prácticas sanitarias, la sacralización y el ritual de la
limosna... No obstante ello, los hospitales medievales cumplieron
satisfactoriamente la función que la sociedad y el sistema feudal les
tenía reservada: es decir, la de canalizar, proteger y controlar la
caudalosa corriente de hombres, de productos y de ideas que se movieron
por el Camino durante siglos, a la vez que dieron a cada colectivo
profesional e incluso a cada familia magnaticia la oportunidad de tener
su centro particular, para honra y mérito de patronos y bienhechores.
Notas:
1. M. BRAVO LOZANO, Guía del peregrino medieval Codex Calixtinus Sahagún, 1989, págs. 87-88.
2. Un estudio general a la vez que exhaustivo y riguroso ofrecen L.
VÁZQUEZ DE PARGA, J .Mª. LACARRA y J. URIA, en Las Peregrinaciones a
Santiago de Compostela, 3 vols., Madrid, 1948-1949, principalmente t.
II, cap. V de J. Uria, todavía hoy una obra fundamental sobre el tema.
3. En la Bula "Ex superne dispositionis " de fundación del Hospital de
San Juan, en Boletín de la Comisión Provincial de Monumentos
Histórico-Artísticos de Burgos, 72 ( 1940), págs. 436-443, y amplio
comentario en L. MARTÍNEZ GARCÍA "El Hospital de San Juan de Burgos.
Coyuntura para una nueva fundación a finales de la Edad Media", (en
prensa).
4. A partir básicamente de L. MARTÍNEZ GARCÍA, "El albergue de los
viajeros: del hospedaje monástico a la posada urbana", en IV Semana de
Estudios Medievales. Nájera, del 2 al 6 de agosto, 1993, Logroño, 1994,
págs. 71-87, y "La alimentación en el Hospital del Rey de Burgos.
Contribución al estudio del consumo en la Baja Edad Media castellana",
en Cuadernos Burgaleses de Historia Medieval, 3, Burgos, 1995, págs.
83-154.
5. Para mayor información, los estudios de E. FERREIRA, ""Saber viajar:
Arte y técnica del viaje en la Edad Media", en IV Semana de Estudios
Medievales..., págs. 45-69; J. C. MARTÍN CEA, "Entre lo imaginario y lo
real. El culto y la peregrinación a Santiago", en Vida y Peregrinación.
Claustro de la iglesia catedral de Santo Domingo de la Calzada, la
Rioja, 9 julio-26 septiembre 1993, Madrid, 1993, págs. 105-115 y E.
PORTELAy M.aC. PALLARÉS, "Al final del Camino. La acogida de peregrinos
en Compostela", en íbid., págs. 169-181.
6. P. ARRIBAS BRIONES, Pícaros y picaresca en el Camino de Santiago, Burgos, 1993.
7. G. DUBY, Los tres órdenes o lo imaginario delfeudalismo, Barcelona,
1983, pág. 289. Igualmente, sobre estos aspectos, A. VAUCHEZ, La
espiritualidad del Occidente medieval (siglos VllI-XII), Madrid, 1985.
8. M.ª L. PALACIO SÁNCHEZ-IZQUIERDO "Hospitales de peregrinos en
Carrión de los Condes", en El Camino de Santiago, la hospitalidad
monástica y las peregrinaciones, H. Santiago-Otero (Coord.), Salamanca,
1992, pág. 132.
9. La intervención de los poderes feudales ocasionó a veces
modificaciones en el propio trazado como por ejemplo sucede con Alfonso
VII y su apoyo a la fundación de San Juan de Ortega que provocó una
desviación en el tramo entre Villafranca Montes de Oca y Burgos,
abriendo como alternativa de la vieja ruta por Galarde, Arlanzón, Ibeas
de Juarros, Castañares y Capiscol, paralela al rio Arlanzón, otra que
desde el Monasterio de San Juan de Ortega se dirigía a Burgos por Agés,
Atapuerca, Olmos de Atapuerca, Rubena y Gamonal; en tal sentido, además
de patrocinar al santo de Quintanaortuño tomó otras decisiones como
encomendar la villa de Atapuerca a la Orden de San Juan de Jerusalén o
dotar un hospital que el Monasterio de San Salvador de Oña tenia en la
villa de Rubena.
10. M. ESTRADAALONSO, "Influencia de la paz del Camino en el contrato
de hospedaje regulado en las Siete Partidas", en IV Congreso
Internacional de Asociaciones Jacobeas. Actas. Carrión de los Condes
(Falencia) 19-22 de Septiembre de 1996, Burgos, 1997, págs. 73-80.
11. J.V. MATELLANES MERCHÁN y E. RODRÍGUEZ-PICAVEA MATILLA, "Las
ordenes militares en las etapas castellanas del Camino de Santiago", en
El Camino de Santiago, la hospitalidad monástica..., págs. 343-363.
12. L. VÁZQUEZ de PARGA, J. M. LACARRA, J. URJA, Las
peregrinaciones..., II, pág. 158 y J. V. MATELLANES MERCHÁN y E.
RODRÍGUEZ PICAVEAMATILLA, "Las órdenes militares...", págs. 355-356.
13. E. SAINZ RIPA, "La atención a los hombres del Camino en La Rioja",
en IV Semana de Estudios Medievales..., págs. 135- 166, pág. 163.
14. C. LÓPEZ ALONSO, La pobreza en la España medieval. Estudio histórico-social, Madrid, 1986, principalmente págs. 450-474.
15. Avanzado el siglo XVI la Corona puso en marcha un plan de
reunificación y fusión de hospitales. En algunas ciudades se hizo la
reforma pero en otras fue imposible porque nadie quería desprenderse
del suyo; como en Burgos donde había a finales del siglo XVII 22
hospitales abiertos y 6 cerrados. (Archivo Diocesano de Burgos, Visitas
pastorales. Parroquias, cofradías y hospitales de Burgos, años
1681-1683).
volver
Luis Martínez García
Universidad de Burgos
El Camino de Santiago y la Sociedad Medieval (págs. 97-110)
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CODEX CALISTINUS
LIBRO V
CAPITULO VII
De los nombres de las tierras y de las cualidades de las gentes
que se encuentran en el camino de Santiago
En el camino de Santiago, por la vía de Toulouse, pasado el río Garona,
se encuentra en primer lugar la tierra Gascuña; y luego, pasado el
Somport, la tierra de Aragón y después Navarra, hasta Puente Arga y más
allá. Por la ruta de Port de Cize, despues de la Turena, se encuentra
la tierra de los poitevinos, productiva, óptima y llena de toda
felicidad. Los poitevinos son gente fuerte y guerrera, muy hábiles en
la guerra con arcos, flechas y lanzas, confiados en la batalla,
rapidísimos en las carreras, cuidados en su vestido, distinguidos en
sus facciones, astutos en sus palabras, muy dadivosos en sus mercedes,
pródigos con sus huéspedes.
Después se encuentra el país de Saintes; luego pasado el estuario del
río Garona, está la tierra de Burdeos, que es fértil en vino y en
peces, pero de rústica lengua. Se tiene a los Saintes por burdos pr su
idioma, pero los bordeles lo son aún más. Después se atraviesan durante
tres agotadoras jornadas las landas bordelesas. Esta es tierra
completamente desolada, carente de pan, vino, carne, pescado, ríos y
fuentes, de escasas aldeas, llana, arenosa, aunque abundante en miel,
mijo, panizo, y puercos. Pero si por casualidad la atraviesan en
verano, guarda cuidadosamente tu rostro de las enormes moscas, que
vulgarmente se llaman avispas o tábanos, que allí abundan mucho. Y si
no miras atentamente dónde pisas, en la arena del mar, que allí abunda,
rápidamente te hundirás hasta la rodilla.
Pasado, pues, este país, se encuentra Gascuña, tierra rica en pan
blanco y espléndido vino tinto, y dotada de bosques, prados y ríos y
fuentes sanas. Los gascones son ligeros de palabra, parlanchines,
reidores, libidinosos, bebedores, pródigos en las comidas, mal
vestidos, descuidados en sus ropas y adornos; pero acostumbrados a la
guerra y distinguidos por su hospitalidad con los pobres. Acostumbran
comer sin mesa, sentados alrededor del fuego y beber todos por un mismo
vaso. Comen y beben largamente, pero visten mal y duermen torpe y
suciamente mezclados tdos sobre unas pocas pajas, los siervos con el
señor y la señora. A la salida de este país, en el camino de Santiago,
se encuentran dos ríos que corren por cerca de la Villa de San Juan de
Sorde, uno a su derecha y otro a su izquierda: que uno de ellos se
llama gave y el otro río y que no pueden cruzarse en modo alguno sin
embarcación. Y los barqueros de éstas se condenarán indudablemente;
pues aunque aquellos ríos son muy estrechos, sin embargo por cada
hombre, tanto pobre como rico, que transportan hasta la otra orilla,
suelen cobrar un dinero, y por las caballerías cuatro, que exigen
incluso por la fuerza, abusivamente. Y su nave es pequeña, hecha de un
solo árbol, y en ella no caben los caballos; cuando hayas embarcado en
ella guárdate prudentemente de caer, por casualidad, al agua. Te
convendrá arrastrar por las riendas a tu caballo detrás de ti, fuera de
la nave, por el agua. Por eso entra en ella con pocos, pues si va muy
cargada peligrará. Tambien muchas veces los barqueros meten tanta
cantidad de peregrinos, tras cobrarles el precio, que vuelca la nave, y
se ahogan los peregrinos en el río. Por lo que malignamente se alegran
los barqueros, apoderandose de los despojos de los muertos.
Después, ya cerca de Port de Cize, se encuentra el país vasco, que
tiene en la costa hacia el norte la ciudad de Bayona. Esta tierra es
bárbara por su lengua, llena de bosques, montuosa, desolada de pan,
vino y de todo alimento del cuerpo, salvo el consuelo de las manzanas,
la sidra y la leche. En esta tierra, a saber, cerca de Port de Cize, en
el pueblo llamado Ostabat y en los de Saint-Jean y
Saint-Michel-Pied-de-Port se hallan unos malvados portazgueros, los
cuales totalmente se condenan; pues saliendo al camino a los peregrinos
con dos o tres dardos cobran por la fuerza injustos tributos. Y si
algún viajero se niega a darles los dineros que les han pedido, le
pagan con los dardos y le quitan el censo, insultándole y registrándole
hasta las calzas. Son feroces y la tierra en que moran es feroz,
silvestre y bárbara: la ferocidad de sus caras y los gruñidos de su
bárbara lengua aterrorizan el corazón de quienes los ven. Aunque
legalmente solamente deben cobrar tributo a los mercaderes, lo reciben
injustamente de los peregrinos y de todos los viajeros. Cuando deben
cobrar normalmente de cualquier cosa cuatro monedas o seis, cobran ocho
o doce, es decir, el doble. Por lo cual mandamos y rogamos que estos
portazgueros con el rey de Aragón y los demás potentados que reciben de
ellos los dineros del tributo, y todos los que lo consienten, a saber:
Raimundo de Solis y Viviano de Agramonte y el Vizconde de San Miguel
con toda su descendencia, junto con los antedichos barqueros y Arnaldo
de Guinia con todos sus descendientes futuros y con los demas señores
de los citados ríos, que injustamente reciben de aquellos mismos
barqueros los dineros de la navegación, con los sacerdotes también que
a sabiendas les dan confesión o comunión, o les celebran oficios
divinos, o los admiten en la iglesia, sean excomulgados no sólo en las
sedes episcopales de sus respectivas tierras, sino también, oyéndolo
los peregrinos, en la basílica de Santiago, hasta que por larga y
pública penitencia se arrepientan y moderen sus tributos. Y cualquier
prelado que, por caridad o por lucro, quiera perdonarlos de esto, sea
herido por la espada del anatema. Y sépase que dichos portazgueros en
modo alguno deben percibir tributo de los peregrinos, y los repetidos
barqueros sólo deben cobrar un óbolo por la travesía de dos hombres, si
son ricos, y por su caballo un solo dinero, pero de los pobres nada. Y
deben tener también barcas grandes en que holgadamente puedan entrar
las caballerías y los hombres.
En el país vasco hay en el camino de Santiago un monte muy alto que se
llama Port de Cize, o porque allí se halla la puerta de España, o
porque por dicho monte se transportan las cosas necesarias de una
tierra a otra; y su subida tiene ocho millas y su bajada igualmente
ocho. Su altura es tanta que parece tocar al cielo. Al que lo escala le
parece que puede alcanzar el cielo con la mano. Desde su cumbre pueden
verse el mar británico y el occidental, y las tierras de tres países, a
saber: de Castilla, de Aragón y de Francia. En la cima del mismo monte
hay un lugar llamado la Cruz de Carlomagno, porque en él con hachas,
con piquetas, con azadas y demás herramientas abrió una senda
Carlomagno al dirigirse a España con sus ejercitos en otro tiempo y,
por último, arrodillado de cara a Galicia elevó sus preces a Dios y
Santiago. Por lo cual, doblando allí sus rodillas los peregrinos suelen
rezar mirando hacia Santiago y todos ellos clavan sendas cruces, que
allí pueden encontrar-se a millares. Por esto se considera aquel lugar
el primero de la oración a Santiago. En este mismo monte, antes de que
creciese plenamente por tierra españolas la cristiandad, los impíos
navarros y vascos solían no solo robar a los peregrinos que se dirigían
a Santiago, sino también cabalgarlos como asnos, y matarlos.
Junto a este monte, hacia el norte, hay un valle que se llama
Valcarlos, en el que acampó el mismo Carlomagno con sus ejércitos
cuando los guerreros fueron muertos en Roncesvalles, y por el que pasan
también muchos peregrinos que van a Santiago y no quieren escalar el
monte. Luego, pues, en el descenso del monte se encuentra el hospital y
la iglesia en donde está el peñasco que el poderoso héroe Roldán partió
con su espada de arriba a bajo de tres golpes. Después se halla
Roncesvalles, lugar en que en otro tiempo se libro la gran batalla en
la cual el rey Marsilio, Roldán y Oliveros y otros ciento cuarenta mil
guerreros cristianos y sarracenos fueron muertos.
Tras este valle se encuentra Navarra, tierra considerada feliz por el
pan, el vino, la leche y los ganados. Los navarros y los vascos son muy
semejantes en cuanto a comidas, trajes, y lengua, pero los vascos son
algo más blancos de rostro que los navarros. Estos se visten con paños
negros y cortos hasta las rodillas solamente, a la manera de los
escoceses, y usan un calzado que llaman albarcas, hechas de cuero con
pelo, sin curtir, atadas al pie con correas, que sólo resguardan la
planta del pie, dejando desnudo el resto. Gastan unos capotes de lana
negra, largos hasta los codos y orlados a la manera de una paenula, (la
paenula era una especie de capota de viaje, largo hasta las rodilaas,
cerrado y sin mangas, con un agujero para la cabeza y un capuchón)que
llaman sayas. Comen, beben y visten puercamente. Pues toda la familia
de una casa navarra, tanto el siervo como el señor, lo mismo la sierva
que la señora, suelen comer todo el alimento mezclado al mismo tiempo
en una cazuela, no con cuchara, sino con las manos, y suelen beber por
un vaso. Si los vieras comer, los tomarías por perros o cerdos
comiendo. Y si los oyeses hablar, te recordarian el ladrido de los
perros, pues su lengua es completamente bárbara. A Dios le llaman
urcia; a la Madre de Dios, andrea María; al pan, orgui; al vino, ardum;
a la carne, aragui; al pescado, araign; a la casa, echea; al dueño de
la casa, iaona; a la señora, andrea; a la iglesia, elicera; al
prebítero, belaterra, lo que quiere decir bella tierra; al trigo, gari;
al agua, uric; al rey, ereguia; a Santiago, iaona domne Iacue. Este es
pueblo bárbaro, distinto de todos los demás en costumbres y modo de
ser, colmado de maldades, oscuro de color, de aspecto inicuo,
depravado, perverso, pérfido, desleal y falso, lujurioso, borracho, en
toda suerte de violencias ducho, feroz, silvestre, malvado y réprobo,
impío y áspero, cruel y pendenciero, falto de cualquier virtud y
diestro en todos los vicios e inquiedades; parecido en maldad a los
getas y sarracenos, y enemigo de nuestro pueblo galo en todo. Por sólo
un dinero mata un navarro o un vasco, si puede, a un francés. En
algunas de sus comarcas, sobretodo en Vizcaya y Alava, el hombre y la
mujer navarros se muestran mutuamente sus verguenzas mientras se
calientan. También usan los navarros de las bestias en impuros
ayuntamientos. Pues se dice que el navarro cuelga un candado en las
ancas de su mula y de su yegua, para que nadie se le acerque, sino él
mismo. También besa lujuriosamente el sexo de la mujer y de la mula.
Por lo cual, los navarros han de ser censurados por todos los
discretos. Sin embargo, se les considera buenos en batalla campal,
malos en el asalto de castillos, justos en el pago de diezmos y asiduos
en las ofrendas a los altares. Pues cada día al ir los navarros a la
iglesia, hacen una ofrenda a Dios, o de pan, vino o trigo, o de algún
otro producto. Siempre que un navarro o un vasco va de camino se cuelga
del cuello un cuerno como los cazadores y lleva en las manos, según
costumbre, dos o tres dardos que llaman azconas. Al entrar y salir de
casa, silba como un milano. Y cuando estando escondido en lugares
apartados o solitarios para robar, desea llamar silenciosamente a sus
compañeros, o canta a la manera del buho, o aúlla igual que un lobo.
Suele decirse que descienden del linaje de los escoceses, pues a ellos
se parecen en sus costumbres y aspecto. Es fama que Julio César envió a
España, para someter a los españoles, porque no querían pagarles
tributo, a tres pueblos, a saber: a los nubianos, los escoceses y los
caudados cornubianos, ordenándoles que pasasen a cuchillo a todos los
hombres y que sólo respetasen la vida a las mujeres. Y habiendo ellos
invadido por mar aquella tierra, tras destruir sus naves, la devastaron
a sangre y fuego desde Barcelona a Zaragoza, y desde la ciudad de
Bayona hasta Montes de Oca. No pudieron traspasar esos límites, porque
los castellanos reunidos los arrojaron de sus territorios
combatiendolos. Huyendo, pues, llegaron ellos hasta los montes costeros
que hay entre Nájera, Pamplona y Bayona, es decir, hacia la costa en
tierras de Vizcaya y Alava, en donde se establecieron y construyeron
muchas fortalezas, y mataron a todos los varones a cuyas mujeres
raptaron y en las que engendraron hijos que después fueron llamados
navarros por sus sucesores. Por lo que navarro equivale a no verdadero,
es decir, engendrado de estirpe no verdadera o de prosapia no legítima.
Los navarros también tomaron su nombre primitivamente de una ciudad
llamada Naddaver, que está en las tierras de que en un principio
vinieron, en los primeros tiempos, el apóstol y evangelista San Mateo.
Después de la tierra de estos, una vez pasados los Montes de Oca, hacia
Burgos, sigue la tierra de los españoles, a saber, Castilla y Campos.
Esta tierra está llena de tesoros, abunda en oro y plata, telas y
fortísimos caballos, y es fértil en pan, vino, carne, pescado, leche y
miel. Sin embargo, carece de árboles y está llena de hombres malos y
viciosos.
Después, pasada la tierra de León y los puertos del monte Irago y monte
Cebrero, se encuentra la tierra de los gallegos. Abunda en bosques, es
agradable por sus ríos, sus prados y riquísimos pomares, sus buenas
frutas y sus clarísimas fuentes; es rara en ciudades, villas y
sembrados. Escasea en pan de trigo y vino, abunda en pan de centeno y
sidra, en ganados y caballerías, en leche y miel y en grandiosísimos y
pequeños pescados de mar; es rica en oro y plata, y en tejidos y pieles
silvestres, y en otras riquezas, y sobretodo en tesoros sarracenos. Los
gallegos, pues, se acomodan más perfectamente que las demás poblaciones
españolas de atrasadas costumbres, a nuestro pueblo galo, pero son
iracundos y litigosos.
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